RIQUEZA EN EL SIL
Buscar oro, afición al alza
RIQUEZA EN EL SIL
Reza el dicho: “El Sil lleva el agua y el Miño la fama”, y no le falta razón, si bien no hace honor a todo lo que arrastra el río que enlaza el Bierzo leonés con la Valdeorras ourensana. Es mucha la riqueza que sus aguas dejan en estas tierras y no sólo para la generación de electricidad o la actividad agrícola, el cauce también sirve para el solaz de sus habitantes y buena prueba de ello son aquellos que liberan su estrés buscando oro en sus orillas.
El tiempo de las aureanas, u “oreanas”, como también las llamó Miguel Delibes en su artículo de 1986 ya pasó. Ahora ya no son las mujeres que en verano se acercan al Sil para sacar unos 80 duros para ayudar a una economía familiar en la que el jornal de los maridos oscilaba en torno a las tres pesetas, como recuerda el escritor en su artículo. En la actualidad, son en su mayoría hombres y acuden al afluente del Miño para disfrutar del tiempo de ocio y compartir sensaciones con unas amistades, consolidadas muchas de ellas a ambas orillas del río.
“Ourense es Auria. Los romanos no se llevaron todo el oro. Algo tuvo que quedar”, comenta Manuel Telmo, un ourensano que lleva aproximadamente tres años bateando ríos en busca de pepitas o lascas del preciado mineral. No está solo, le acompaña su mujer, Emilia Rodríguez, vecina de Petín, un concello próximo al lugar elegido este fin de semana para extraer el metal del fondo del río, pero también el barquense José Carlos Rodríguez, y los bercianos Carlos Fernández, José Antonio Blanco, Antonio González, Manuel Abramo y su hijo Germán.
El Sil no es el único río gallego que regala oro, también está el Lor e incluso el Miño. El Duerna, el Eria y el Cúa serían los cauces leoneses que poseen este don, pero en esta ocasión, el punto de encuentro fue fijado a orillas del Sil, a su paso por Valdeorras. Sin más detalles. El grupo prefiere no revelar más datos del lugar donde probarán fortuna siguiendo una afición que comenzó cuando “alguien te habló de extracción de oro. Entonces empiezas a mirar”, explicó Carlos Fernández. Ese momento es el germen de una “afición” que continúa con alguien que “te dice que hay que sacar arena aquí o allí. Este tipo de tierra suele tener oro. Luego empiezas a informarte”, una información que puede ampliarse a través de Internet.
El equipo necesario para llevarse esa pequeña parte del río es reducido. Basta con acercarse con una pala, una criba, una barra metálica por si el cauce tiene mucha piedra, la batea y una esclusa. Esta última es colocada en el río, cargada de arena, al iniciar el bateo, para que la corriente arrastre la más ligera y deje la que puede contener pepitas.
“Sacas la arena, la cribas y después la echas en la batea”, explicó Carlos Fernández. El botín que los bateadores arrancan al fondo del río va mucho más allá de unos ingresos económicos. “En euros no compensa. No paga la gasolina”, zanjó el bateador berciano. “Algo siempre sale, normalmente tres o cuatro ‘chispinas’. Es raro que no salga oro”, añade José Carlos Rodríguez. Puntualiza que “es cansado”, un esfuerzo que realiza “un grupo de amigos que venimos a pasar el rato. El río es para disfrutarlo todos”.
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